Controlados por el tiempo

A menudo somos lo suficientemente hábiles como para poner la libertad personal al servicio de nuestra propia esclavitud. Hay que ser hábil, muy hábil. Para lograrlo, nos servimos de la interpretación de concepto tiempo como principio fundamental, como carta magna.

El ahora se convierte en tengo que. Y Pepito Gómez pasa a llamarse Pepito Tienes Que.

Hemos confeccionado una agobiante lista de tareas que se convierte en nuestro tirano particular, un monstruo que hemos creado y criado nosotros mismos y que ahora nos quiere comer con patatas. Este tirano se cobra en especies: cariño sin canalizar, amistar sin cuidar, sosiego sin degustar, palabras sin escuchar, aire fresco y renovador sin respirar…

Incluso hay un caso peor: que esta lista de tareas no sea la nuestra y que sea otro quien nos vaya diciendo a cada momento «Pepito, tienes que…».

Es cierto que algunas cosas no pueden esperar. El impuesto tiene un vencimiento y la documentación nos la han entregado, como es habitual, a última hora. Pero otras veces, esa lista machacona, esa agenda electrónica que no para de cacarear, nos manda ordenar el trastero justo cuando hace un día tan radiante que no pasear por la playa se convierte en un pecado imperdonable.

Esto no es una invitación al caos, a que tu casa se convierta en el camarote de los hermanos Marx. Pero si una invitación a revisar la importancia de las cosas. Como siempre, lo urgente nos impide hacer lo importante. Y tan importante es que sepamos disfrutar de las ocasiones que se presentan como ordenar el papeleo. Tal vez pueda combinarse mejor. Seguro que se puede combinar mejor. Porque, seguro, cuando dejemos este mundo, éste seguirá girando y nadie echará en falta las tareas que ya no podremos hacer.

Es posible que desperdiciemos el tiempo tontamente sin avanzar y sin que nos aporte nada gratificante. ¿Qué tal espiarnos un día para ver lo que hemos hecho? Seguro que durante horas hemos actuado sobre nosotros mismos como el perro del hortelano, que ni vive, ni deja vivir.

Como último recurso, y como mal menor (si no podemos – o creemos que no podemos – renunciar a esa lista interminable de tareas), es necesario poner una que debamos cumplir obligatoriamente de vez en cuando: «disfrutar unas horas de tu tiempo».

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