Miedo a la felicidad

La búsqueda de la felicidad puede durar toda la vida, puede convertirse incluso en una obsesión. Todos, creo, nos hemos interesado en algún momento de nuestros días en cómo podemos ser más felices, conseguir esa paz interior de la que tanto se habla y ser parte de la armonía con el entorno.

Pero es muy probable que muchos de nosotros seamos un poco masoquistas y algo hipocondríacos, porque, cuando esa felicidad aparece, en lugar de disfrutarla, de sorberla poco a poco, nos da miedo. Parece como si no la merezcamos y como si nos tuviera que pasar una factura muy difícil de pagar.

Desconfiamos de esos momentos. No nos fiamos y pensamos que todo es demasiado bonito para que sea real. Los momentos de felicidad se convierten en un mal augurio y, al final, lo pasamos mal sin importar lo que pase: si las circunstancias son adversas, evidentemente, sufrimos. Y si son favorables, desconfiamos y pensamos en lo que el destino nos deparará cuando esa paz se aleje. Y sufrimos igualmente.

El primer paso para disfrutar de los momentos buenos, que a veces pueden ser incluso largos, es ser consciente de que nuestro pensamiento está condicionado por nuestra educación, por lo que se nos ha ido grabando en la mente. Por ejemplo, podemos pensar que ser feliz equivale a ser egoísta. Porque alguna vez nos habrán dicho que cómo es posible que podamos ser felices mientras hay tanta gente que sufre.

Incluso dar a conocer que pasamos por un estado de gracia, de que nuestro interior irradia felicidad a toneladas, puede fastidiar a nuestro entorno del mismo modo que puede resultar insoportable que alguien te cuente que su vida es un cuento de hadas mientras la nuestra se mueve entre cloacas.

Efectivamente, no sólo es miedo lo que sentimos en los momentos demasiado prolongados de felicidad; además nos sentimos culpables. ¡Pues vaya con la felicidad! Son cosas, como te contaba, de la educación: para ir al cielo hay que ser mártir y haber sufrido torturas insoportables. Si no sufrimos, algo malo está pasando.

La felicidad no es bien aceptada. Y ahí está el problema, el gran conflicto. Debemos aceptar que tenemos derecho a ser felices, que nos merecemos la felicidad, que no debemos cuestionarla ni siquiera un minuto, que podemos disfrutar del bienestar. El mundo seguirá funcionando independientemente de que nos sintamos culpables o dichosos y lo que nos tenga que venir no depende del descaro con el que saboreemos el momento.

Por tanto, cuando te sientas feliz, disfruta del momento, olvida todo lo demás. Tal vez cueste al principio, pero seguro que intentándolo lo lograrás.

FOTO: Marcy Kellar
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