La gestión del tiempo

El tiempo es un concepto; el tiempo no existe físicamente.

Un filosofo os diría que el tiempo es una sucesión de instantes; lo que no es menos cierto.
Sea como fuere, para nosotros el tiempo es una realidad inscrita en nuestra memoria. Nuestra noción del tiempo se la debemos a nuestra capacidad para rememorarnos el pasado. Sin esta capacidad, el tiempo no tendría el más mínimo sentido para nosotros.

Desde que nacemos hasta que morimos vivimos un periodo de tiempo y es por éste por el que vamos a interesarnos.

Si nos acordamos de que la vida es un periodo de tiempo; os propongo un pequeño ejercicio: remplazar la palabra tiempo por la palabra vida en las frases siguientes; «no tengo tiempo»; «eran otros tiempos»; «cuando tenga tiempo»; «busco tiempo»; «que mal tiempo hace». Es posible que esto nos aclare un poco lo importante que es nuestro tiempo, tomarse el tiempo a la ligera sería algo así como tomarse la vida a la ligera.

No se trata de obsesionarse hasta el punto de pasar toda nuestra vida detrás de un tiempo que se nos escapa de las manos. Más bien todo lo contrario: el arte del tiempo consiste en saborear el tiempo para aprovechar mejor nuestra vida.


El tiempo es oro

Esta noción (un poco exagerada) de que el tiempo es oro nos viene de Estados Unidos, «time is money». Intentar ir a un banquero para que os cambie dos horas por dinero es absurdo; el tiempo no es convertible directamente en oro; lo que se paga no es el tiempo si no lo que hacemos con él; lo que producimos ya sea manual o intelectual.

Sin embargo, la noción de que el tiempo es oro es valida, para no despilfarrarlo.

Si consideramos que tenemos un capital tiempo igual a 24 horas por día y que cada hora pasada está perdida definitivamente, podemos convenir en que debemos utilizar este capital tiempo de la manera más aprovechable posible. Es algo así como si al levantarnos nos diesen 24000 euros, mil por cada hora (se puede soñar), y que cada hora los mil que no nos gastásemos estuviesen perdidas definitivamente. ¿No intentaríamos gastarlos lo mejor posible?.

El tiempo tiene el valor de lo que hacemos en él.


Planificar el tiempo

Si el orden es un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar, la planificación de nuestro tiempo sería: un tiempo para cada cosa y cada cosa en su tiempo.

Dos necesidades se ponen de manifiesto: saber en que orden podemos realizarlas y que tiempo aplicaremos a cada una de ellas.

De la misma manera que cuando vamos a comprar miramos el precio y vemos si podemos o no comprar lo que queremos; cuando queramos emplear nuestro tiempo, será necesario saber (aproximadamente) cuanto tiempo utilizamos para realizarlas. Es posible que tengamos muchas sorpresas: la mayoría de nosotros creemos que tardamos cinco minutos en afeitarnos cuando en realidad son diez.

Por otra parte, habrá que establecer una lista por orden de importancia, de más a menos.

La tendencia general es comenzar por lo más fácil, lo más agradable o por lo supuestamente más urgente. Y es que a nadie le gusta martirizarse. El inconveniente es que si dejamos lo más importante para más tarde, acabamos por fabricarnos verdaderas urgencias.

Establecer una lista por orden de importancia es muy personal. Cada persona da más o menos importancia a cada cosa. Habrá que reflexionar muy en serio en ese orden de importancia; lo mismo que separar los productos son de primera necesidad de los superfluos: no vamos a comprarnos un macetero si no tenemos bastante dinero para comer.

 

Establecer ese orden no es nada fácil; e incluso puede evolucionar con el tiempo. En el fondo se trata de saber lo que es realmente importante para nosotros, lo que queremos para poder confrontarlo con la posibilidad de hacerlo.

Tampoco nos tenemos que impresionar por los trabajos enormes que parecen imposibles: para comprar un piso, a menos de poseer una importante cantidad de dinero (lo que es bastante raro), lo pagamos a plazos o ahorramos.

Para los grandes proyectos podemos hacer igual: media hora o una hora por día para hacer esto o aquello, o acumular unos días y hacerlo de golpe.

Una vez establecida la lista de cosas importantes y menos importantes, bastará determinar el tiempo que vamos a dedicarles. Con las urgencias haremos igual, teniendo en cuenta que las verdaderas urgencias sólo son las importantes.

Es también conveniente establecer una lista con las personas con las que nos relacionamos para la organización del trabajo y la vida de pareja. Esto nos evitará discusiones inútiles.

Para terminar diremos que perder diez minutos en planificar nuestro tiempo puede hacernos ganar tiempo y sobre todo tranquilidad. El esfuerzo necesario para organizar nuestro tiempo, merece que le apliquemos el rigor y disciplina necesarios.

Saber lo que hacemos con nuestro tiempo es saber lo que hacemos con nuestra vida.


Saborear el tiempo

El tiempo sólo existe en nuestra memoria y es en ella donde inscribimos los acontecimientos en forma de sensaciones visuales, auditivas, olfativas, gustativas o táctiles que, además, se pueden rememorar y construir nuestra idea de lo que es el tiempo.

Saborear el tiempo, es vivir el momento, reteniendo el máximo posible de aspectos y sensaciones.

Un pequeño ejemplo: se puede beber un vaso de vino, sin más, porque se tiene sed, o se puede paladear, apreciar su color, sus aromas y su sabor.

En el primer caso el acto nos pasa casi desapercibido; en el segundo, lo inscribimos en nuestra memoria como un acontecimiento más o menos agradable.

Con el resto de las cosas ocurre algo similar: se puede escuchar música, leer un libro, ver una bella mujer, relacionarse, etc. sin más o apreciando el momento, intentando captar el máximo posible de sus aspectos, (porqué no, positivos y agradables), que los hay, tantos como seamos capaces de ver y otros tantos que podamos aprender a descubrir.

De todas maneras “nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”; porqué no tomaríamos el cristal, de lo agradable, de lo bello y de lo bueno; a menos que no seamos masoquistas; que también los hay, y muchos.

Saborear el tiempo es saborear la vida.


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